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Testimonio de Antonio – voluntario en Uganda

– ¡Milagros! ¿me puedes poner un vaso de agua, por favor?

– ¡Mama, llevo un mes sin beber agua en un vaso!

Así es como termina mi historia en Malayaka House. En el mismo bar de la A6 en el que solemos parar cuando vamos o venimos de Madrid.

He decidido empezar por el final, para reflexionar sobre la dificultad que tiene conseguir todo lo que han conseguido tanto Bea, como Robert y las cinco aunties (Winnie, Flo, Elisabeth, Cathy y Robina) que me acompañaron en esta experiencia. Quiero daros las gracias por haberme dejado vivir y compartir con vosotros vuestra realidad.

Todo empezó cuando, en la puerta del hostal donde había pasado la noche, me esperaba Robert. En un trayecto de tan solo 10 minutos me di cuenta de las necesidades que tiene un país con una esperanza de vida que no llega a 60 años, una mortalidad infantil veinte veces mayor que la de España y un 30% de niños huérfanos o abandonados. Eso era lo que veía desde la ventanilla del coche… pero todo cambió cuando Robert detuvo su vehículo. Habíamos llegado al lugar donde el sueño de un sitio mejor se convierte en realidad: Malakaya House. Abrió la puerta del recinto una niña de no más de 14 años. Su sonrisa se dibujaba entre inocente y tímida. Era Mary.

Apenas había puesto un pie fuera del coche. Cuando en cuestión de segundos me vi rodeado de un grupo de sonrisas que me llamaban al grito de “Uncle, uncle, uncle…”. Lo siguiente que recuerdo es llevar en mis brazos a dos pequeñas sonrisas mientras una tercera subía por mi espalda. El resto estaban intentando ayudarme con mi pesado equipaje.

Todas las sonrisas, junto con auntie Eva, Irene y Judith, me acompañaron a la que sería mi habitación en las siguientes semanas. En seguida te das cuenta que la realidad de los 40 niños que viven allí nada tiene que ver con la que yo vi desde la ventanilla del coche de Robert. Todos hablan un perfecto inglés, todos reciben una educación y todos, absolutamente todos -ajenos a lo que sucede fuera- mantienen una tremenda energía e ilusión por compartir contigo lo que tienen.

Y ninguno lo ha tenido fácil. Con el paso de los días me fueron contando la crueldad de su pasado, lo afortunados que son en su presente, pero las incógnitas del futuro que les aguarda. Son historias duras difíciles de obviar y olvidar. Algunos fueron encontrados en una papelera con dos días de vida, otros llegaron con huesos rotos, algunos han sufrido abusos, padres fallecidos, etc.

Era curioso. Yo no conseguía despegarme de esas historias por las noches en mi habitación y sin embargo ellos si habían conseguido hacerlo. Todos los días me regalaban su mejor sonrisa. Afortunadamente ellos si habían aparcado u ocultado todo su pasado para vivir un presente mejor. Todos van al colegio y el que no puede, recibe clases en casa. Comen. ¡Si! Comen todos los días y ¡caliente!; si tienen un problema de salud… ¡van a un médico!; si giran una llave… ¡cae agua! y ves que su casa no es de madera o de barro tal y como se veían la mayoría desde la ventana del coche de Robert. Todo esto eran obviedades para mí, pero en un país como Uganda para unos niños con su pasado, es un sueño… ¡hecho realidad! GRACIAS MALAYAKA.

Pasaban los días y no podía dejar de pensar en una cosa. ¿Que pasara cuando estas sonrisas cumplan 18 años? ¿Tendrán que enfrentarse a la vida que veía desde el asiento del copiloto? En Uganda la tasa de desempleo es del 83% en menores de 30 años, la incidencia de VIH esta por las nubes….

Todas mis dudas se aclararon cuando conocí a Viola. Después de mucho esfuerzo y de mucha ayuda por primera alguien de Malayaka ha accedido a la Universidad. ¡Bravo! La puerta de la esperanza se ha abierto. Entre todos podemos ayudar a que siga así. De par en par, para que cada una de las sonrisas que habitan en este oasis de acogida mantenga su presente y se asegure un ilusionante futuro mejor.

No va a ser fácil. Por eso necesitamos gente como Robert y Bea. ¡Gracias! Gracias también a las aunties y a cada uno de los que apoyáis y ayudáis a Malayaka para conseguir que una tragedia se convierta en una sonrisa.

Antonio Brigos – voluntario en nuestra casa en Uganda – agosto 2017

Beatriz Gutierrez

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